MARADONA, EL DIOS IMPERFECTO

Por: Juan Linares

Lo llaman Dios y jamás, que yo sepa, convirtió el agua en vino, curó a un leproso o le devolvió la vista a un ciego.

Tampoco nació en un establo ni fue el hijo pródigo de José y María. El libro sagrado no lo nombra y sus detractores, que son muchos, se ríen de él con malicia y descaro.
Como una divinidad incomprendida, este dios del fútbol (¡ensalzado seas!), ignora la crítica y se abraza a la adulación de sus seguidores, que también son muchos, donde encuentra la retroalimentación para su espíritu. El hijo del hombre- el de las Escrituras – vino a esta tierra a salvarnos, a sufrir; este Dios (¡ensalzado seas!) vino a divertirnos.

Su majestad, emergió de un vientre fatigado y ansioso, en un decente hospital de los arrabales de Buenos Aires. Apenas un trámite burocrático, un acta del Hospital Evita, la 1477 del 30 de octubre de 1960, menciona el acontecimiento: “En el día de la fecha la señora Dalma Salvadora Franco, dio a luz a un varón de nombre, Diego Armando Maradona”.
Hubo, eso sí, abundante llanto (“¡¿qué mar sería capaz de no llorarte?!”) cánticos y abrazos de celebración por el nacimiento del soberano. Los pobres se permiten el placer de expresar a gritos su felicidad. En la lúgubre Villa Fiorito sus habitantes hablan del misterioso encendido de un árbol de hojas rosas. La luz eléctrica había llegado al barrio. Acaso, el primer milagro de Diego. “Y milagro- según Bernard Shaw- es cualquier cosa que engendre fe”.

“Quiero triunfar con los cebollitas de Argentinos Juniors, jugar en la selección y salir campeón del mundo”, dijo Dieguito a los 9 años, frente a su juguete preferido: la tele.
Pasar del equipo de la Paternal al poderoso Boca Juniors, el team de fútbol más popular de América Latina, constituyó en su vida un premio de montaña de primera categoría. ¡Otra vez campeón! “Uno se puede cansar de perder, pero nunca de ganar”, repetía el ‘pelusa’, exaltado.

Una tormenta indeseable provocó Menotti, el técnico de la selección, al no convocarlo al Mundial Argentina 1978. Una herida de guerra que ‘El Diego de la gente’ exhibe con altivez como un souvenir antiguo de frustración. La gloria se paga por adelantado. Ya era el que sería…

Cualquiera que aspire a ser Dios necesita de una corte, la de los milagros, de la misma manera que un general precisa de una tropa para ejercer su mando. La de Diego estaba conformada por toda clase de oportunistas: preparadores físicos, masajistas, deportólogos, publicistas, contadores, abogados, asesores de imagen, todos parecían obedecerle. Pero, ¿qué puede hacer una blanca paloma entre animales de presa y ataque?

 

Diego Maradona. Foto: AFP

El Barcelona, ‘mucho más que un club’, fue la primera etapa, la de la transición en Europa en su camino hacia ‘el Moab’ (la tierra prometida). Nadie en España se comió el cuento de un Dios del tercer mundo, un sudaca, un pobre cabecita negra.

Tampoco Diego, estaba para servirle la sopa a esos ingratos. Un secreto altar, – acorde con su investidura -, construido de pasión e ilusión le esperaba a orillas del Tirreno que prefiguraba al sagrado Jordán, el río de la vida. Allí en Nápoles, donde los clanes de la camorra tienen sus dominios, Maradona fue elevado a los predios de San Genaro, el santo patrono local en fervor, devoción y adoración.

El Dios del fútbol (¡ensalzado seas!) llegó a esa tierra del olvido (el sur de Italia se asemeja a África en su pobreza), atravesando montañas y mares: “con su amor buscando, el amor de un pueblo”.
A esos fieles “tifossis” del Nápoli, Diego Maradona les entregó el perfume de su talento, de su coraje, de su amor propio. Los contagió con su magia. Les hizo recobrar la autoestima colectiva.

Pero fue en el Mundial México 86’, donde Diego el hijo de Dalma Salvadora, alcanzó la cúspide y llevó a la Argentina a la apoteosis del triunfo. Se había cumplido otra de sus profecías: Campeón absoluto del Mundo con su selección. Milagro patente que el Vaticano, seguramente, ya anotó en sus libros de futuras canonizaciones…

Pero, los mismos hombres que habían encumbrado a Maradona hasta el Olimpo celestial, fueron también, los encargados de bajarlo de ese pedestal. Y un día, igual que los miles de días anteriores, el Dios del fútbol, el de la alegría, descendió al infierno, al humano que es el peor de todos, y se dejó tentar por la droga, la soledad, el frío y el vicio. Se rieron de él, lo ridiculizaron, lo humillaron, lo condenaron, lo crucificaron. ‘Me cortaron la piernas’, diría con tristeza. La caja boba, la misma que antes registraba sus triunfos, ahora nos mostraba la otra cara de este Dios imperfecto.
Ciertamente la maleza de este mundo contemporáneo – donde nadie se fía de nadie- poblado de guerras intestinas, de miserias, de hambre, de políticos corruptos, de genocidas, de curas pederastas, de violadores de derechos humanos, de depredadores de la naturaleza, de violencia urbana, (¡perdónalos Diego!) tiene muy poco que reprocharle.
Además, “¿Quién puede juzgar a alguien que se cree Dios?” (Borges).

Diego Maradona, ¡ensalzado seas!