La marea de la esperanza

Foto: Hugo G. Ch. @surfing_cartagena

No controlamos las olas, pero sí controlamos...

Hay días en el mar en los que la marea parece estar de tu lado. El agua cubre los arrecifes, las olas rompen con orden y remar resulta natural. Todo fluye. Todo parece posible.

Y hay otros días en los que la marea se retira, deja al descubierto obstáculos que antes no veías y transforma por completo el escenario. La corriente aprieta. El viento cambia. El océano se vuelve exigente.

La vida también tiene sus mareas. Hay momentos en los que las cosas avanzan con facilidad y otros en los que cada remada parece requerir el doble de esfuerzo. Son etapas en las que los planes no salen como esperábamos, las respuestas no llegan y las circunstancias parecen imponerse sobre nuestros deseos.

Es precisamente ahí donde aparece uno de los mayores desafíos del ser humano. Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.

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El océano enseña una lección que vale para cualquier etapa de la vida: no siempre podemos elegir las condiciones, pero siempre podemos elegir nuestra actitud frente a ellas.

Muchos sufrimientos nacen de una batalla imposible: intentar controlar aquello que está fuera de nuestro alcance. Es como un surfista empeñado en detener la marea o cambiar la dirección de la corriente. Puede gastar toda su energía luchando contra el mar, pero el mar seguirá haciendo lo suyo.

La verdadera sabiduría aparece cuando comprendemos la diferencia entre lo que podemos transformar y lo que debemos aprender a aceptar.

Porque no podemos controlar todo lo que nos ocurre. Pero sí podemos decidir cómo responder. Y esa decisión lo cambia todo.

La marea siempre termina moviéndose. Sube. Baja. Avanza. Retrocede. Las condiciones más difíciles también terminan pasando. Por eso la esperanza no consiste en negar la realidad ni en fingir que todo está bien. La esperanza consiste en comprender que ninguna situación es definitiva.

A veces, el verdadero avance no ocurre en el exterior sino en nuestro interior. Son precisamente las mareas más exigentes las que revelan de qué estamos hechos. Allí descubrimos más paciencia, más carácter, más humildad y más fortaleza; virtudes que rara vez se forman en aguas tranquilas.

Si quieres vivir una vida feliz, átala a un propósito, no a las personas ni a las cosas. Porque las personas cambian. Las circunstancias cambian. Los resultados cambian. Pero un propósito claro puede seguir guiándote incluso cuando el horizonte desaparece detrás de la tormenta.

El camino hacia la plenitud se recorre mejor cuando sabemos hacia dónde vamos. No es que el viaje sea más fácil sino que el propósito nos ayuda a mantener el rumbo cuando las condiciones se vuelven adversas.

En el surf existe una cuerda que une al deportista con su tabla, el Leash. Parece un detalle menor hasta que llega una caída radical. En aguas tranquilas casi pasa desapercibido. Pero cuando el mar se vuelve poderoso, esa cuerda puede marcar la diferencia entre perderse en medio del caos o encontrar nuevamente la corriente de regreso.

La vida también necesita un leash, algo que nos mantenga conectados cuando todo parece desordenarse. Para algunos será la fe. Para otros será la familia. Para otros serán sus principios, sus valores o su propósito.

El leash es la línea de seguridad que mantiene al surfista conectado a su tabla para no perderla
El leash es la línea de seguridad que mantiene al surfista conectado a su tabla para no perderla.

Lo importante es tener algo firme a lo cual permanecer unidos cuando las olas se vuelven oscuras y el océano parece inmenso.

Porque todos caeremos. Todos atravesaremos corrientes difíciles. Todos enfrentaremos mareas que parecen interminables. Pero ninguna tormenta dura para siempre, y ninguna corriente es más fuerte que una persona que sabe hacia dónde quiere ir.

Con los años, el mar me ha enseñado una verdad que también aplica para la vida. En el océano, las corrientes y las mareas siempre serán más poderosas que nosotros, pero quien mantiene la calma tiene el control, y muchas veces eso es suficiente para encontrar el camino.

Porque la esperanza no nace cuando el mar se calma, nace cuando decidimos remar aun sin garantías, cuando aceptamos que no controlamos la marea pero sí nuestra actitud frente a ella, cuando entendemos que la corriente puede retrasarnos, pero no definirnos.

Y cuando descubrimos que las mejores travesías no son las que ocurrieron en aguas tranquilas sino aquellas en las que encontramos dentro de nosotros la fuerza para seguir avanzando.

Al final, la esperanza no está en la próxima ola, no está en que cambie el viento, no está en que la marea vuelva a subir. La esperanza está en el surfista que decide no abandonar el océano , porque el mar seguirá cambiando y nosotros también podemos hacerlo.

Hugo González Chalela
Surfista Transformador

Por: Hugo González Chalela

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