Disciplina, palabra de honor y dolor

Era un día de enero, como la canción de Shakira. El ruido de la lluvia que pegaba en la ventana no me ayudaba a concentrar y más bien, era un grito profundo invitándome a encerrar y esconderme en las cobijas del desasosiego que me producía no terminar todo lo que tenía en puntos suspensivos y que me martillaban como una pared estrenando un hermoso cuadro.

Ese día mis piernas no respondieron de la misma manera, pero sabía que era porque había hecho el intento, como muchos principios sin finales, de hacer ejercicio.  Me di cuenta de que en mi lista de pendientes estaban casi siempre los mismos que año a año escribía y que nunca habían sido resueltos.  Decidí no ir al encuentro de mi rincón favorito, mi cama, y hacerle frente a esas cosas que me producían de alguna manera miedo y que por eso no las enfrentaba.

Les voy a contar en siete pasos cómo he ido enfrentando mi mayor problema: la disciplina. ¿Por qué lo pongo en positivo? Porque igual parte de esa ‘indisciplina disciplinada’ me ha hecho la persona que soy hoy, y por la que siento amor del bueno, compasión y admiración. Sin embargo, sé que de alguna manera debo trabajar para lograr algunos puntos que para mí, y sólo para mí, son importantes. Va mi experiencia:

  1. Decidí no escribir 12 deseos para el año, sino 4 deseos al mes. Pequeños y grandes a la vez. Livianos para algunos y contundentes para mí. Esos logros me hacen sonreír. Son míos y los atesoro de una manera que cuando me acuerdo, solo me producen sonrisas. Y ser feliz me gusta.
  2. Descubrí por algún mensaje la palabra ‘procastinación’ y me dí cuenta que soy la reina, además de padecer de síndrome de atención. Estoy segura, si en mi época hubiera tenido la atención que los niños tienen hoy, estaría medicada y con terapia. Pero no, mi psicoanalista era mi mamá, que aunque fue gran mamá, tenía 8 hijos y problemas mayores para no entender cómo no me podía concentrar y aún así lograba hacer tareas. Entonces, hago horarios cortos pero efectivos, donde no dejo que mi yo interior, ni mi gato, ni mi celular, ni nada me distraigan. Otros minutos para esas distracciones y sigo, pero con horarios. Es un trabajo de todos los días, todas las horas, e incluso, todos los minutos.
  3. Todos los días escribo lo que debo hacer, tacho lo realizado y vuelvo a escribir al otro día lo nuevo o lo que no alcancé el día anterior. No sólo en lo laboral sino también en lo personal. Leer, por ejemplo, me gusta, es una de mis mejores pausas activas en el día, y va con mis deseos del año.
  4. Ser multitasking es una de mis grandes fortalezas. Por ejemplo, sé escribir sin mirar el computador. Puedo estar respondiendo un correo, mirando una página, oyendo una canción, viendo un chat, y haciendo un informe al tiempo. Es bueno, pero es malo, porque hay cosas que necesitan atención, necesitan no solo de mis ojos, sino de mi cabeza y corazón para que salgan bien. Entonces, decidí disminuir mi eficiencia con el computador y hacer de una cosa a la vez. Me va mejor. Me siento satisfecha. No me rinde igual, creo, pero soy más exigente con lo que hago. Menos errores, más dedicación. O al revés, más atención, menos fallas.
  5. Lo espiritual es mi prioridad. Me gusta empezar el día rezando. Cuando lo hago siento más pausa en mi corazón. Puede ser una bobada para muchos pero a mí me gusta orar. Siento que me da paz y me calma. Soy acelerada con el trabajo y hago mil cosas al tiempo. Cuando rezo siento que organizo mejor mi día. Pero si lo suyo es la meditación, también se vale. Cerrar los ojos y pensar en lo que nos trae serenidad es un ejercicio que vale mucho la pena. Me cuesta, pero lo hago.
  6. Entendí que decir que no, no está mal. Incluso, es una buena opción. Si alguien no lo quiere, se molesta o lo peor, lo saca de sus afectos por eso, también valió la pena. Un ‘No’ a tiempo puede ser la puerta para muchos Sí, mientras que los Sí a todo, nos llevan a veces a los No que son implacables y silenciosos, que llegan por otros lados y cierran puertas o abren grietas irreparables. Lo he vivido y sentido.
  7. Por último, aprendí a ser compasiva conmigo. A no darme palo, a que los demás opinen lo que quieran pero yo trabajo todos los días y en pequeños pasos para ser mejor. Que si no lo logré, no pude, no lo hice bien, mañana lo volveré a intentar y cuantas veces sea necesario. Esa soy yo. Fuerte para algunas cosas muy débil para otras. Sigo aprendiendo.

Así, querido lector, que si de algo le sirven mis palabras, me alegra. Son escritas desde el corazón. Son el resultado de alegrías y muchas rabias. Son pintadas en lágrimas y carcajadas. Son mías y se las regalo.

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Por: Mónica María Moreno Mesa