La pregunta que suele hacerse al hablar de las categorías inferiores en el fútbol colombiano es: ¿lo principal es formar jugadores o ganar títulos? Yo contesto con otra pregunta: ¿acaso los buenos deportistas son los que pierden? ¡No, estamos locos! Los buenos son los que ganan, y ganan porque son buenos.
Esa dicotomía entre el resultado y la formación es ficticia. Formamos buenos jugadores, en gran parte, cuando logramos que ganen. Decir lo contrario es como que un médico joven aprenda a salvar vidas perdiéndolas. En el deporte de alto rendimiento, todas las áreas de formación, como la técnica, la táctica, la física, la disciplinaria, etcétera, finalmente le apuntan a formar deportistas capaces de lograr resultados.
Ese es el gran problema del fútbol colombiano, que ganamos poco en proporción a la habilidad que tenemos. En el exterior somos reconocidos como talentosos, calidosos, pero sin concretar grandes logros. Formamos jugadores “buenos”, pero que no son ganadores; tenemos equipos que “juegan bien”, pero pierden.
Esta disertación es a propósito de la derrota de la Selección Colombia Sub-17 en la final del Campeonato Sudamericano de la categoría. Fuimos un buen equipo en el torneo, y el balance general es positivo al ser segundos entre diez participantes. Pero nos quedamos sin el título.
Se podría pensar que la derrota fue por situaciones puntuales del juego, cosas aisladas y específicas. Pero, cuando vemos que esta situación suele ser lo que nos pasa en todas las categorías, tanto masculinas como femeninas, entendemos que, más allá de los detalles específicos de cada partido, hay un patrón constante.
El futbolista colombiano promedio es “pechofrío”, falla en los partidos definitivos, en las instancias claves para que una buena actuación se convierta en un gran logro.
Entonces aparecen, una y otra vez, consuelos como “gracias guerreros”, “se vendió cara la derrota”, “nada que reprochar”, “perder es ganar un poco”, “fue una derrota digna”, “vamos por buen camino”. Detrás de estos eufemismos mediocres está escondido gran parte del problema: la mentalidad.
Hay mucho conformismo. Mientras sigamos así, formando futbolistas talentosos pero con poca exigencia de resultados, consentidos en la derrota, seguiremos viendo ganar a los demás. Hace falta ambición, determinación y concentración para lograr resultados.
Hay casos de equipos exitosos en sus categorías juveniles y que después no triunfaron en la mayor. Pero son más los casos de los que ganan en las menores y llevan esa estirpe vencedora a las divisiones absolutas. La prueba de eso es que las selecciones de Argentina y Brasil, que suelen ganar campeonatos juveniles como este Sub-17, son las más laureadas de América en la categoría mayor.
Bueno, y con respecto a los equipos que después no revalidaron su condición ganadora, al menos la tuvieron cuando eran jóvenes y la disfrutaron en su momento. Hay otros que no probaron las mieles del triunfo ni de jóvenes ni de adultos, como la mayoría de seleccionados colombianos.
Por último: las finales no son para aprender; deben verse como oportunidades únicas que toca aprovechar para ganar. Colombia lleva mucho tiempo aprendiendo, y si lleva tanto tiempo aprendiendo es porque en realidad no ha aprendido, como el estudiante escolar que repite varias veces el mismo año.