“El destino tiene que ser así, y es aceptar su voluntad. Yo creo que no hay nada que reprochar (…) Ya en la tanda de penales, mucha gente le dice suerte. Yo lo digo que así estaba escrito el destino; esa era la voluntad de Dios (…) Lastimosamente, otra vez volvió a pasar ese ‘¿y por qué no un poquito más?’”.
Esta fue una parte de la declaración de Daniel Muñoz, lateral derecho de la Selección Colombia, luego de la eliminación contra Suiza en los octavos de final de la Copa Mundial de 2026.
La mentalidad contenida en estas palabras es parte del problema de la ‘Tricolor’. Antes de desarrollar mi argumentación, quiero aclarar que yo soy cristiano protestante, y a mucha honra. Por lo tanto, de ninguna manera mi intención es atacar a Muñoz o la fe que él profesa. Solo quiero desenredar lo que, en mi opinión, es una mala aplicación de una doctrina cristiana al fútbol.
Empiezo por decir que dentro del cristianismo hay muchas doctrinas, es decir, muchas perspectivas teológicas sobre la misma verdad, que es el Evangelio. El reformador francés Juan Calvino creía en la predestinación de la salvación, que se resume en lo siguiente: hay unas personas previamente elegidas por Dios para ser salvas y otras que no. Esa creencia se fundamenta en una visión absolutamente literal de pasajes bíblicos como Efesios 1: 4-5 y Romanos 8: 29-30, escritos por el Apóstol Pablo en sus cartas.
Algunos cristianos extienden esa doctrina de predestinación a unos ámbitos distintos a la salvación de las almas, como los resultados deportivos. Por eso Daniel Muñoz cree que esta eliminación de Colombia era el destino divino, el cual debe aceptarse como voluntad de Dios porque ya estaba escrito por Él.
Más allá del debate teológico sobre la salvación de las almas (en el que yo no estoy de acuerdo con la interpretación de Calvino, pero no es tema de esta columna), me enfoco en lo deportivo. La influencia de la doctrina de predestinación es absolutamente equivocada y nociva para la mentalidad del deportista.
La Biblia solo tiene una referencia directa al deporte. Fue hecha por Pablo, el mismo apóstol en quien, usando solo algunos de sus textos, se fundamenta la visión calvinista.
“¿Acaso no saben ustedes que, aunque todos corren en el estadio, solamente uno se lleva el premio? Corran, pues, de tal manera que lo obtengan. Todos los que luchan, se abstienen de todo. Ellos lo hacen para recibir un premio temporal; pero nosotros, para recibir un premio eterno. Así que yo corro y lucho, pero no sin una meta definida; no lo hago como un boxeador que golpea el viento; más bien, golpeo mi cuerpo y lo someto a servidumbre, no sea que después de haber predicado a otros yo mismo quede eliminado”, dice en 1 de Corintios 9: 24-27.
Este pasaje ilustra como se debe vivir el Evangelio usando una metáfora atlética. Pero, como esta discusión no es espiritual sino deportiva, en esta columna vemos este texto como el enfoque cristiano para los atletas. Analizando este fragmento bíblico, queda claro que Dios no predestina a los ganadores. Lo deportistas deben correr, o jugar fútbol en este caso, para obtener un premio, no para que Dios se lo regale. Hay que tener una meta definida y saber luchar por ella para no quedar eliminado.
No es que Dios no tenga el poder para intervenir sobrenaturalmente en una carrera o un partido para definir el ganador, pero se abstiene de hacerlo porque Él no es un titiritero que mueve a los seres humanos como marionetas para que corran más rápido o metan goles. Él le da a los seres humanos ciertas habilidades esperando que las desarrollen y aprovechen para que, en la medida de su esfuerzo y acierto, logren sus objetivos. Así lo ilustró Jesucristo con la famosa parábola de los talentos.
No es que Dios no quiera que sus hijos ganen. Él sí desea que nos vaya bien, y puede hacer prosperar nuestros esfuerzos para que den buen fruto. O sea, nos puede ayudar en nuestros procesos deportivos para que, por ejemplo, cuando tengamos una opción de gol tan clara como la de Jaminton Campaz, tengamos un mayor margen de acierto. Nos ayuda a manejar los nervios y la presión de un momento así, nos ayuda a tener disciplina en los entrenamientos para ensayar jugadas como esa, nos ayuda a potenciar la técnica de definición, etcétera. Pero, en últimas, depende de nosotros meter la pelota en la portería o mandarla a la tribuna.
¿Acaso Dios es tan cruel para hacer que Jaminton Campaz se coma un gol como el que erró? ¿Le torció los pies en el momento que iba a patear? ¿Momentáneamente, desde su trono celestial le succionó el talento que Él mismo le dio para jugar al fútbol, de modo que definiera esa jugada como lo haría este columnista? Para esa gracia, entonces Él hubiera intervenido para evitar el error de suizo Granit Xhaka, el cual derivó en esa opción que dilapidó Campaz.
Esto que acabo de describir con una sola acción de juego se aplica a los 120 minutos que tuvo este partido. Los jugadores aciertan y fallan, y en esas interacciones de aciertos y fallos de un equipo u otro se definen los resultados. Por ejemplo, ya que hablamos de Daniel Muñoz, la primera opción de gol que tuvieron los suizos nació de un error suyo. Después Fabian Rieder disparó y acertó Camilo Vargas con una buena atajada. Dios no hizo que el lateral derecho se equivocara porque tenía un plan para que el arquero se luciera.
Por favor, vuelvan brevemente al primer párrafo. Todo lo que he desarrollado en esta columna hasta ahora responde a lo que puse en negrita en ese primer párrafo. Ahora voy con unas últimas palabras hablando sobre lo que no quedó en negrita.
¿Cómo así que “no hay nada que reprochar”? Claro, como Dios tiene la culpa del resultado, pues a los integrantes del equipo no les caben críticas porque ellos no pudieron torcer la voluntad divina en su favor. Esta idea de la predestinación del resultado suprime o relega la necesaria autocrítica.
“Lastimosamente, otra vez volvió a pasar ese ‘¿y por qué no un poquito más?’”, expresó Muñoz. Eso es lo que deberían preguntarse y reprocharse a sí mismos. ¿En qué fallamos? ¿Qué debemos mejorar? ¿Qué cambios hay que hacer, como sí lo dijo Jhon Arias? Dejen de atribuirle a Dios la responsabilidad de los resultados. Hónrenlo a él, confíen en Él, fortalézcanse espiritualmente en Él en medio del dolor por la derrota, pero no digan que perdimos por Él.